
DOMINGO DE RAMOS
SEMANA SANTA- JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
SAN JUAN PABLO II- 1987 –
Argentina y Chile
San Juan Pablo II En Buenos Aires celebra la III Jornada Mundial de la Juventud, el día 12 de Abril de 1987-Domingo de Ramos y 67° Día conmemorativo de la asunción a los Cielos de Sor Teresa de Los Andes, siendo la primera vez que dicho acontecimiento se realiza fuera de Roma.
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Avenida 9 de Julio, Buenos Aires
Domingo 12 de abril de 1987
“Nosotros hemos reconocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4, 16).
“¡Hosanna al Hijo de David!” (Mt 21, 9).
“……Desde la capital de la República Argentina, nos unimos en espíritu con la basílica de San Pedro y con Roma, centro de la Iglesia universal, donde el Señor ha querido que naciera esta fiesta de la juventud: y también nos sentimos muy unidos a los jóvenes de todos los lugares de la tierra que celebran, junto a sus Pastores, esta fiesta anual, ya sea el Domingo de Ramos, o bien cualquier otro día del año, adecuado a la situación y a las circunstancias locales.
Al unir la Jornada de la Juventud al Domingo de Ramos, señalando la presencia de los jóvenes en el Hosanna gozoso que saludó a Cristo cuando entraba a la Ciudad Santa, la Iglesia no se fija solamente en el entusiasmo de la juventud de todos los tiempos; se fija, sobre todo, en el significado que aquella entrada tuvo en la vida de Cristo y. a través de El, en la vida de cada hombre, de cada joven.
Sí. La liturgia de hoy nos recuerda que la entrada solemne de Jesucristo en Jerusalén fue el preludio o la introducción a los sucesos de la Semana Santa. Aquellos que al ver a Jesús preguntaban: “¿Quién es éste?”, sólo hallarán una respuesta completa si siguen sus pasos durante los días decisivos de su muerte y resurrección. También vosotros, jóvenes, alcanzaréis la comprensión plena del significado de vuestra vida, de vuestra vocación, mirando a Cristo muerto y resucitado. Añadid, pues, al natural atractivo que Cristo despierta en vuestros corazones –y que aquellos jóvenes de Jerusalén expresaron con el entusiasmo de su Hosanna– la consideración atenta y reposada de los acontecimientos de la Semana Santa.
Hoy hemos escuchado la narración, que de esos hechos hace San Mateo en su Evangelio. Y, aunque sus palabras no sean nuevas, una vez más han suscitado un hondo sentimiento en nosotros. Cuando del texto emerge la figura del hijo del hombre sometido a interrogatorios y torturas, las palabras del Profeta propuestas por la liturgia de hoy, y que se remontan a muchos siglos antes de que los hechos se cumplieran, adquieren plena realidad y elocuencia.
Isaías escribía del futuro Mesías: “Di mi cuerpo a los que me herían, y mis mejillas a los que mesaban mi barba; no retiré mi rostro de los que me injuriaban y me escupían” (Is 50, 6).
Comparando sus palabras con los trágicos sucesos entre la noche del jueves y la mañana del viernes, la semejanza es asombrosa; el Profeta escribe como si fuera testigo de aquellas escenas.
Con igual precisión, el Salmo de la liturgia de hoy preanuncia los sufrimientos de Cristo:
“ Todos los que me veían, hicieron burla de mí, / tuercen los labios y mueven la cabeza: / Esperó en el Señor, líbrele, / sálvele, puesto que le ama ” (Sal 22 [21], 8-9).
Son palabras que el texto evangélico confirmará, hasta casi en los menores detalles, al narrar la crucifixión de Jesús en el Gólgota. Entonces se cumplirán también las palabras del Salmista que describen las llagas de Cristo –“Horadaron mis manos y mis pies, pueden contar todos mis huesos”(Ibíd., 17-18)– y la división de sus vestiduras –“ Se repartieron mis vestiduras y sobre mi túnica echaron suertes” (Ibíd., 19)–.
El relato de la pasión del Señor nos acompaña hoy hasta el momento en que el cuerpo de Jesús, muerto en la cruz, queda puesto en un sepulcro de piedra. Y, sin embargo, la liturgia de hoy quiere introducirnos más profundamente en el misterio pascual de Jesucristo. Por eso, el texto conciso de la segunda lectura, tomado de la Carta de San Pablo a los Filipenses, es clave para descubrir, en el trasfondo de los acontecimientos de la Semana Santa, la plena dimensión del misterio divino.
¿Quién es Jesucristo? podríamos preguntarnos de nuevo, como aquellos que lo vieron entrar en Jerusalén.
Jesucristo, “siendo de naturaleza divina, no consideró como presa codiciada el ser igual a Dios. Por el contrario, se anonadó a Sí mismo tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (Flp 2, 6-7).
Jesucristo es por tanto verdadero Dios, Hijo de Dios, el cual, habiendo asumido la naturaleza humana, se hizo hombre. Vivió sobre esta tierra como Hijo del hombre. Y en El, precisamente en cuanto Hijo del hombre, tuvo cumplimiento la figura del Siervo de Yavé, anunciado por Isaías.
Mientras Jesús hace su entrada en Jerusalén montado sobre un borrico, nosotros nos seguimos preguntando, como lo haría seguramente aquella muchedumbre que le rodeaba: ¿Qué ha hecho Jesucristo en su vida?
Vienen entonces a nuestra memoria aquellas síntesis de su actividad misionera, densas en su brevedad, que nos ofrecen los textos inspirados: “Hacía y enseñaba” (cf. Hch 1, 1); “Pasó haciendo el bien… a todos…” (cf. Ibíd., 10, 38); “¡Jamás un hombre ha hablado como habla este hombre!” (Jn 7, 46). Y no obstante, todas nuestras respuestas sobre Jesús serían incompletas, si no habláramos de su muerte en la cruz. En la cruz la vida de Cristo cobra todo su sentido: la muerte es el acto fundamental de la vida de Cristo. Por eso, el texto de San Pablo responde bien a la pregunta antes formulada:
“Mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 7-8).
El centro de toda la vida de Cristo es su muerte en la cruz: ése es el acto fundamental y definitivo de su misión mesiánica. En esta muerte se cumple “su hora” (cf. Jn 18, 37). Cristo toma nuestra carne, nace y vive entre los hombres, para morir por nosotros.
Es importante subrayar la afirmación paulina: Cristo “se humilló a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte”. No es lícito medir la muerte de Cristo con la medida corriente de la debilidad y limitación humanas. Debe mirarse con la verdadera medida de la obediencia salvífica. Su muerte no es sólo el término de la vida. Cristo se hace libremente obediente hasta la muerte de cruz, para dar con su muerte un nuevo inicio a la vida: “Ya que así como la muerte vino por un hombre, también por un hombre debe venir la resurrección de los muertos. Y así como en Adán mueren todos, así también todos serán vivificados en Cristo” (1Co 15, 21-22).
Junto al infinito anonadamiento de Cristo, Hijo consubstancial del Padre –como hombre, como Siervo de Yavé, como Varón de dolores–, el Apóstol proclama al mismo tiempo su exaltación. Al misterio pascual pertenecen tanto la muerte como la resurrección gloriosa de Cristo, su exaltación. Y su exaltación comienza ya en la cruz, que es no sólo el patíbulo, sino también el trono glorioso de Dios hecho hombre; en la cruz, Cristo muerto nos obtiene la verdadera vida: en la cruz, Cristo vence el pecado y la muerte.
Por eso Dios exalta a Cristo, que se ha entregado a Sí mismo por nosotros en la cruz. Lo exalta en el horizonte de toda la historia del hombre sometido a la muerte, y esta exaltación es de dimensión cósmica.
San Pablo escribe: “Por eso Dios lo ha exaltado y le ha dado un nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para la gloria de Dios Padre” (Flp 2, 9-11).
Sí, Jesucristo es el Señor.
Creemos en Jesucristo nuestro Señor.
……Quizá de este modo habéis querido sumaros a los jóvenes y a las jóvenes de Jerusalén, “pueri hebraeorum”, que asistieron a la llegada de Jesús para las fiestas. Habéis querido asumir su entusiasmo, que se expresaba en las palabras ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Sin embargo, el entusiasmo dura poco. Puede acabarse en un solo día. En cambio, el Domingo de Ramos nos introduce en todos los sucesos de la Semana Santa, en el misterio total de Jesucristo: en su entrega hasta la muerte en la cruz por obediencia al Padre, en el anonadamiento del Hijo que, siendo igual al Padre, ha asumido la condición de siervo hasta sus últimas consecuencias.
Se podría decir que los jóvenes habéis sido atraídos por la cruz de Cristo; que vuestro entusiasmo, precedido por los “pueri hebraeorum” y expresado también con el “¡Hosanna… Bendito el que viene en nombre del Señor!”, adquiere ante el misterio pascual todo su significado. Alabando al Profeta de Galilea, Jesús de Nazaret, proclamáis a la vez vuestra fe en Jesucristo Dios y Hombre, Redentor del hombre y del mundo.
Sí. El Domingo de Ramos nos introduce en el misterio total de Jesucristo, es decir, en el misterio pascual, en el que todas las cosas alcanzan su culminación, y en el que se reconfirma plenamente la verdad de las palabras y de las obras de Jesús de Nazaret. En este misterio se revela también hasta qué punto “Dios es amor” (cf. 1Jn 4, 8); y a la vez, adquirimos conciencia de la verdadera dignidad del hombre, rescatado con el precio de la Sangre del Hijo de Dios, y destinado a vivir eternamente con El en su amor.
“Nosotros hemos reconocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (Ibíd., 4, 16). Así se expresa San Juan en el texto que meditaremos como lema de esta Jornada mundial de la Juventud. Queridos jóvenes: Celebrad siempre en vuestra vida el misterio pascual de Jesús, acogiendo en vuestros corazones el don del amor de Dios: “Me ha amado y se ha entregado por mi” (Ga 2, 20). Empapados por la fuerza divina del amor, comprometed vuestras energías juveniles en la construcción de la civilización del amor.
Guiados por el “sentido de la fe” seguid, al mismo tiempo, la voz de aquello que en el corazón humano y en la conciencia es lo más profundo y lo más noble, de aquello que corresponde a la verdad interior del hombre y de su dignidad. Así seréis capaces de entender la lógica divina, capaces de superar las pobres razones humanas, y penetraréis en la dimensión nueva del amor que Cristo nos ha manifestado.
Esta es la verdadera razón por la que venís a celebrar este día.
¡Venid, jóvenes! ¡Acercaos a Cristo, Redentor del hombre! Ese es el sentido que tiene vuestra presencia en la plaza de San Pedro en Roma, y hoy en esta gran avenida de la capital argentina. Es Cristo quien os atrae, es El quien os llama. Y junto a Jesucristo, nuestra Madre Santa María, que ha venido desde su santuario de Luján para estar con nosotros. A Ella os encomiendo al final de esta celebración. Sé muy bien todo lo que Nuestra Señora de Luján significa para vosotros, jóvenes argentinos, como meta de vuestras peregrinaciones anuales, a las que concurrís en gran número, llenos de devoción a la Madre de Dios, con manifiesta generosidad y esperanza.
Veo en vosotros a todos vuestros coetáneos: a los jóvenes y a las jóvenes con los que he tenido la dicha de reunirme en tantas partes del mundo, y también a aquellos otros con los que nunca he podido estar. A todos ellos nos unimos en espíritu, para invitarles a acercarse a Cristo en este día santo.
A todos me dirijo y a todos os digo: Dejaos abrazar por el misterio del Hijo del hombre, por el misterio de Cristo muerto y resucitado. ¡Dejaos abrazar por el misterio pascual!
Dejad que este misterio penetre, hasta el fondo, en vuestras vidas, en vuestra conciencia, en vuestra sensibilidad, en vuestros corazones, de modo que dé el verdadero sentido a toda vuestra conducta.
El misterio pascual es misterio salvífico, creador. Sólo desde el misterio de Cristo puede entenderse plenamente al hombre; sólo desde Cristo muerto y resucitado puede el thombre comprender su vocación divina y alcanzar su destino último y definitivo.
Dejad, pues, que el misterio pascual actúe en vosotros. Para el hombre, y especialmente para el joven, es esencial conocerse a sí mismo, saber cuál es su valor, su verdadero valor, cuál es el significado de su existencia, de su vida, saber cuál es su vocación. Sólo así puede definir el sentido de su propia vida.
Sólo acogiendo el misterio pascual en vuestras vidas podréis “responder a cualquiera que os pida razón de la esperanza que está en vosotros” (1P 3, 15). Sólo acogiendo a Cristo, muerto y resucitado, podréis responder a los grandes y nobles anhelos de vuestro corazón.
¡Jóvenes: Cristo, la Iglesia, el mundo esperan el testimonio de vuestras vidas, fundadas en la verdad que Cristo nos ha revelado!
¡Jóvenes: El Papa os agradece vuestro testimonio, y os anima a que seáis siempre testigos del amor de Dios, sembradores de esperanza y constructores de paz!
“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).
Aquel que se entregó a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz, El solo tiene palabras de vida eterna.
Acoged sus palabras. Aprendedlas. Edificad vuestras vidas teniendo siempre presentes las palabras y la vida de Cristo. Más aún: aprended a ser Cristo mismo, identificados con El en todo….”.
CELEBRACIÓN DE LA PALABRA CON LOS FIELES DE MENDOZA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Martes 7 de abril de 1987
“Doy gracias a Dios de continuo por vosotros, por la gracia de Dios que os ha sido concedida en Cristo Jesús” (1Co 1, 4).
Queridos hermanos y hermanas: ¡ Alabado sea Jesucristo por el gran don de la paz, que os ha conseguido de Dios Padre, por la virtud del Espíritu Santo!
Si todos mis viajes apostólicos tienen como finalidad ser un llamado al empeño por la paz, éste que estoy realizando a los países hermanos de Chile y Argentina, quiere ser un servicio pastoral de acción de gracias al Príncipe de la paz (cf. Is 9, 6), que os protegió contra la fuerza destructora de las armas, y os iluminó para seguir el camino de la negociación y del diálogo, de modo que, superando las tensiones y según criterios de equidad, la paz fuera garantizada. Haber logrado este objetivo es motivo de noble orgullo para ambos pueblos, y demuestra ante el mundo cómo los conflictos y diferendos entre los hombres pueden ser resueltos mediante el entendimiento y el diálogo, sin tener que recurrir a la violencia.
En este día siento una gran alegría por haber llegado a esta región cuyana, a los pies del Cristo Redentor, y poder contemplar la belleza de vuestros paisajes, las altas cumbres nevadas que elevan el alma en contemplación, los alegres viñedos y olivos, los hermosos almendros y árboles frutales; y sobre todo, vuestros ánimos joviales, iluminados por la luz de la fe y de la devoción mariana.
Saludo con afecto fraterno a mis hermanos en el Episcopado, en particular el Pastor de esta arquidiócesis, a todos sus colaboradores en la labor apostólica, y a todos vosotros, hombres y mujeres de Mendoza y de la región Cuyo, amantes de la paz y de la libertad, en particular a las autoridades civiles aquí presentes.
El monumento a Cristo Redentor, inaugurado hace más de ochenta años, como símbolo de paz entre argentinos y chilenos, está enclavado en lo alto de la Cordillera, desde donde vigila y despliega su providencia protectora sobre ambos pueblos hermanos. Ha sido El, tenedlo por seguro, quien ha velado siempre, y de modo particular en estos últimos tiempos, para que se cumpla la hermosa leyenda allí estampada: “Se desplomarán primero estas montañas antes que argentinos y chilenos rompan la paz jurada a los pies del Cristo Redentor”.
Queridísimos hermanos: El Papa os invita a todos los hombres y mujeres de Argentina y de Chile –y en vosotros a los del continente americano y del mundo entero–, a que hagáis propio ese juramento de paz, en lo profundo del corazón: que nunca rompamos la concordia con ningún hermano nuestro. Este es el constante llamado que, en cuanto Sucesor de Pedro, voy repitiendo en todas mis peregrinaciones apostólicas, y que en ésta quiero reiterar con particular énfasis. Este llamado se sitúa en la línea de los “ Mensajes para la Jornada de la Paz ” que, desde hace veinte años, dirige el Papa a toda la Iglesia universal y a los hombres de buena voluntad; y del que también los Episcopados se han hecho eco en sus respectivos países. Secundando el compromiso de la Iglesia en favor de la paz, me es muy grato elogiar la excepcional labor llevada a cabo por los obispos de Chile y de Argentina para fortalecer los lazos entre ambos países hermanos, a cual se ha reflejado –entre otras iniciativas– en importantes documentos episcopales emanados –a veces conjuntos– en relación con el diferendo sobre la zona austral.
¡Cuánto camino se ha recorrido en estos últimos años! ¡Cuántos conflictos y sufrimientos evitados! Por ello, elevamos una vez más, nuestra acción de gracias al Padre de las misericordias por la ayuda dispensada y al mismo tiempo recordamos a las personas que han colaborado eficazmente para llegar al feliz resultado de la Mediación, entre las que no puedo olvidar la egregia figura del cardenal Antonio Samorè y su abnegada labor en esta misión de paz.
Pero, a la vez, mis queridos hermanos, ¡cuánto trecho queda aún por recorrer en este camino! Más, no os dejéis arrastrar por el desánimo o por el fatalismo, porque en medio de la oscuridad de las dificultades, aparece una nueva alborada, que toma su fuerza de la victoria ya conseguida por Jesucristo (cf. Jn 14, 27). Es Jesús, en efecto, quien ha destruido la raíz de todos los enfrentamientos entre los hombres –esto es, el pecado–, reconciliando con Dios todas las cosas, “pacificando por la sangre de su Cruz tanto las de la tierra como las del cielo” (Col 1, 20). El Cristo Redentor es el Cristo reconciliador con el Padre y con los hermanos, y por eso es también el Cristo pacificador: el Príncipe de la Paz.
En la proclamación de la Palabra, así nos exhortaba San Pablo: “No os angustiéis por nada, y en cualquiera circunstancia, recurrid a la oración y a la súplica, acompañada de acción de gracias, para presentar vuestras peticiones a Dios. Y la paz de Dios, que supera toda inteligencia, guardará vuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4, 6-7). Este es el sentido que tuvo la Jornada de oración celebrada en el mes de octubre pasado en la ciudad de Asís: recordar que, siendo la paz un don de Dios, el camino de la paz debe apoyarse sobre todo en la plegaria. Me ha producido gran gozo saber que la reunión de Asís tuvo especial reflejo en esta arquidiócesis; el Papa os anima a ser perseverantes en la petición humilde y confiada por la paz.
Además de la oración, San Pablo recordaba que “ todo lo verdadero y noble; todo lo justo y puro, todo lo amable y digno de honra, todo lo virtuoso y laudable, debe ser objeto de vuestros pensamientos. Poned en práctica lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí; y el Dios de la paz estará con vosotros” (Ibíd. 4, 8-9). La Iglesia ha recordado incesantemente que el Evangelio de la paz llegará a las instituciones pasando por el corazón de las personas, y no pacificará la sociedad si antes no ha pacificado las conciencias, liberándolas del pecado y de sus consecuencias sociales. Cuando se logre esa transformación interior en el alma de cada uno, se engendrarán con la fuerza misma de la vida, nuevas formas de relaciones sociales y culturales, y se abrirá paso en el mundo a la “civilización de la paz………Quisiera recordaros además, que en esta transformación de la sociedad, la familia tiene un papel de primer orden. ¿Cómo podría existir paz en una nación, donde las familias estuviesen divididas, y no fuesen capaces de superar los conflictos en esa célula básica de toda convivencia, donde se aceptase la desintegración del matrimonio?
Si pues queréis ser coherentes, debéis exigiros a vosotros mismos aquellos valores que son soporte de la vida social. Me refiero específicamente a las virtudes que son punto de apoyo importante y esencial para una civilización del amor y de la paz.
— En primer lugar el orden, ya que, según definición de San Agustín, la paz es “la tranquilidad en el orden” (De Civitate Dei, 19, 13), No sólo un orden exterior, sino una jerarquía interior de valores reflejo del querer divino, porque la paz “ es fruto del orden impreso en la sociedad humana por su divino Fundador, que los hombres han de llevar a la perfección ” (Gaudium et spes, 78). Un orden que os hará tener en cuenta los valores de toda persona y grupo, las superiores exigencias del bien común, la salvaguardia en cualquier circunstancia de los derechos humanos imprescindibles, la prioridad del ser sobre el tener.
— Justicia: así como “la paz es obra de la justicia” (Is 32, 17), los conflictos tienen por origen la injusticia. En efecto, “ ¿puede existir verdadera paz, cuando hombres, mujeres y niños no pueden alcanzar su plena dignidad humana? ¿Puede existir una paz duradera en un mundo regulado por relaciones – sociales, económicas y políticas – que favorecen a un grupo o a un país en detrimento de otros? ¿Puede establecerse una paz genuina sin el efectivo reconocimiento de aquella gran verdad, según la cual todos poseemos la misma dignidad, porque hemos sido formados a imagen de Dios, que es nuestro Padre”? (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1987, n.1)
— El amor a la libertad, porque todo aquello que la impide sojuzga también la auténtica paz de las personas, de las instituciones y de la sociedad entera. La sujeción forzada de unos grupos sociales por otros es inaceptable, y contradice la noción del verdadero orden y de auténtica concordia. Situaciones de esta índole, bien sea en el interior de una nación o en el mismo campo internacional, podrían dar la apariencia de un cierto sosiego exterior, pero pronto se manifestarían como causas de ulteriores represiones y de creciente violencia. La libertad, que personas y naciones deben tener para asegurar su pleno desarrollo como miembros de igual dignidad en la familia humana, depende del reciproco respeto en el concierto nacional y en el orden internacional.
…..Es necesario insistir en que la persona humana es el centro de todo adelanto social; cualquier hombre o mujer, independientemente de sus circunstancias, tiene una importancia prioritaria sobre las cosas; dicha preeminencia se funda en su dignidad de persona humana, creada a imagen de Dios y llamada a participar de la redención de Cristo.
…….Sí, queridos hijos, es posible alcanzar la paz, pero “no como la del mundo” (Jn 14, 27; como nos recuerda el Evangelio, nuestra paz es la paz de Cristo; y El la otorga siempre a los que ama (cf. Lc 2, 14).
La poderosa intercesión de la Santísima Virgen, Reina de la Paz, de la Virgen del Santísimo Rosario, que vosotros veneráis aquí en Mendoza; la intercesión de María, tan amada y venerada por todos los cuyanos, sea garantía para alcanzar de su Hijo ese don de Dios, que nosotros debemos conquistar cada día….”.